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viernes, 3 de agosto de 2018

LA ATENCIÓN: EL COCIENTE INTELECTUAL DEL FUTURO



El exceso de información dificulta el conocimiento. Así de contundente lo explica Gregorio Luri en una elocuente entrevista. “La atención será el cociente intelectual del futuro”. ¿Por qué? Porque la información ya no tiene valor en la actualidad, está al alcance de prácticamente todo el mundo y en cantidades ingentes. Lo significativo será, por tanto, en un futuro, saber seleccionar, y enseñarlo a las generaciones venideras, y a nuestros hijos. Y, sigue Luri, para una correcta selección en la sociedad de la información la habilidad básica (y nueva) que necesitaremos es la de la concentración, la de la no distracción. Sólo así podremos escoger una selecta información (no podemos acoger todo lo que se escribe en internet y redes sociales), de fuentes apropiadas y fiables.

Este vídeo señala que, en la sociedad de la información actual (y mucho más en el futuro por venir) donde cada vez más número de datos engrosan cualquier materia que se nos ocurra, quienes no operen con una “capacidad atencional”, dice, bien desarrollada morirán exhaustos. Aunque “la información se transforma en conocimiento”, la desmedida información destruye a quienes no estén acostumbrados a concentrarse y poner atención ante el marasmo de reseñas, noticias, escritos, etc. que nos rodea.

Nos ocurre a todos, de hecho está siendo un problema en empresas y empleados. Los cursos sobre mindfulness se imparten cada vez con más frecuencia dentro de las organizaciones que han visto cómo la productividad de los trabajadores ha decaído considerablemente en los últimos años. La atención se ha convertido en un valor (capacidad) esencial, absolutamente indispensable en tiempos en los que los empleados deambulan y “saltan” de un mail a un whatsapp, trabajan, twittean, cuelgan una foto en Instagram o dan likes en otra, vuelven al trabajo, …. vamos que no se centran.

Nuestra mente es antojadiza y descentrada si la dejamos andar a sus anchas. El problema es que actualmente nos enfrentamos a un exceso informativo y de aplicaciones online. Los métodos para poderla atraer de nuevo a la tarea presente y terminarla sin mayor demora son, en cambio, muy muy antiguos. Se llama meditación (en los términos clásicos del yoga) o mindfulness (el mismo asunto en versión inglesa siempre se vende mejor, en fin).

Las reglas de la meditación más básicas son (parecen) sencillas y algunas de ellas tienen que ver con la concentración. Se trata de acostumbrar a nuestro cerebro a retornar a lo presente. Se estima que nuestro cerebro produce unos 50.000 pensamientos al día, y es que es el órgano que se encarga de “pensar”, cierto. Pero la capacidad de retornar al trabajo, por ejemplo, que tengo entre manos, al momento presente, se debe entrenar, y esto será crucial a partir de ahora. De lo contrario, nos vemos inmersos en un continuo y enloquecido pensar que nos lleva.

En definitiva, nuestro cerebro procesa un pensamiento detrás del otro (es su obligación), podemos irnos con esos pensamientos (sin enterarnos siquiera que estamos siendo pensados) o saber volver al “ahora”. Nuestra habilidad para volver a lo inmediato se puede adiestrar, con técnicas de meditación. Enseñemos a nuestros hijos desde pequeños a tener esa habilidad de regreso al presente, la capacidad de atención plena.

Otra derivada profesional (colateral) de este tema es, precisamente el derecho a que los empleados puedan desconectar de sus mails y móviles en vacaciones o después de terminar sus jornadas laborales. Pero esto se merece otro post.

lunes, 20 de noviembre de 2017

QUÉ EDUCACIÓN DAN LOS COLEGIOS HOY. QUÉ EDUCACIÓN QUEREMOS PARA NUESTROS HIJOS


Qué maravilloso artículo el que publica hoy el Mundo, en el Día Internacional del Niño.

Me ha reforzado en la idea y manera que en casa entendemos de la educación. A veces llegan las dudas, como a cualquier padre concienciado con este tema, puesto que los colegios de nuestros hijos (o, al menos, al que van los míos) hipnotizan con inputs constantes de flipped classes, con charlas ejemplificadas con vídeos donde niños y niñas tienen una tableta último modelo por cabeza (¡qué pasada!, decimos, dirán), donde nos venden que tenemos colegios tecnológicamente transformados. ¡Qué falacia!. Indaguemos sobre las razones.

¿Pero es que no nos damos cuenta de que cualquier ser humano necesita, primero, ser instruído, tener conocimientos, para después poder acceder a la gran ventaja que nos brinda el mundo online que tenemos hoy?.  Por el hecho de que cada alumno deba tener una tableta que llevar a clase un colegio no se transforma en tecnológico, de hecho puede empeorar habilidades “clásicas” que los niños poseían.

Cuando constato que los niños están perdidos porque los únicos materiales que tienen son unas escuetas presentaciones en power point de un profesor o, tan sólo, unas fotocopias de apuntes del propio profesor (pasadas a formato pdf), me dan ganas de gritar. Con un contenido, la mayoría de las veces, mínimo y escueto. Sin entrenamiento previo, sin compromiso por parte de los educadores en enseñarles el manejo de las herramientas online, sin el esfuerzo que requiere (como en cualquier ámbito de la vida) acompañarles y guiarles en la gestión de la documentación que se les envía, dónde archivarla, cuáles son los “códigos digitales” que aplican en un mundo conectado, no es posible que esos niños, ni con su mejor voluntad, saquen algo en claro y aprendan.

Es ilusorio pretender que ellos solos gestionen con criterio y madurez una información y unos dispositivos en los que no solo tienen acceso a “libros digitales”, sino también a internet, a mensajería instantánea, cámara de fotos y demás app preinstaladas en el dispositivo. Porque, seamos sinceros, ¿no nos pasa incluso a nosotros, adultos, que nos pasamos mucho tiempo diario en estos entornos? ¡Claro que sí!, pues cuánto más les ocurre a menores en pleno proceso de formación personal. Los niños no usan su tableta con fines puramente educativos, sino que se pasan tiempo fotografiando, enviándose mensajes o ¡jugando!, mientras los profesores no se lo impiden porque no se dan cuenta o no se la quieren dar (que eso supone educar y, claro, es ingrato).

A los chavales hay que acompañarles, y lo ha de hacer el profesor (no los padres, que la labor docente siempre ha sido de los primeros, aunque con el constante seguimiento por parte de los progenitores en comunión con aquéllos, por supuesto). Se hace hincapié en la importancia de desarrollar en los niños habilidades tales como argumentación, opinión, debate, presentación en público, habilidades técnico-digitales (que -por cierto- las llevan en los genes, son nativos digitales, así que no nos debemos preocupar). Pero se nos olvida que a éstas se llega después (o también) de haber estudiado filosofía, historia, matemáticas, arte, lengua, tras escribir ensayos, tras leer libros y epopeyas, tras entender a los clásicos.

A elaborar un buen mapa mental se aprende cuando se tienen los conocimientos previos; a hablar en público cuando se ha aprendido a memorizar; a opinar y dialogar y argumentar, siempre es posible cuando existe una base sólida de conocimientos previa.

Ahora están empantallados, desgraciadamente, también en el colegio.

Soy consciente del carácter personal de este post, de la vivencia que tenemos, en particular, con el colegio de nuestros hijos, pero en cualquier caso no dejéis de consultar el artículo recomendado, mucho más correcto, objetivo y, sin duda, contrastado que este desahogo mío.

martes, 25 de julio de 2017

DIME QUE ME QUIERES. UN PUÑADO DE CONSEJOS PARA PADRES.







  • Cuando tu hijo te quiere hablar, deja de lado ostensiblemente lo que estés haciendo y escúchale siempre. Tu disponibilidad en los primeros “mamá/papá mira lo que he hecho”, “mira este dibujo” es el futuro “mamá/papá me siento triste porque fulanito me ha insultado” o “fíjate lo que hace Zutanito en clase y con quién va”.
  • Y si tu hijo te está hablando, no le interrumpas. Esa puntualización (que tú crees necesaria) le inutiliza y hace pensar que no sirve su argumento. Lo que queremos es que nos hablen, ¿no?, si les cortamos la disertación, ¿qué interés tendrán la próxima vez?
  • Tus hijos hacen las cosas mejor que nosotros (padres). Confía en ellos. Aunque nosotros (padres) tenemos toda la sabiduría y visión de la jugada, de la vida, de la experiencia.
  • Mira lo que tus hijos hacen bien, así te animarás cada día, ¡te sorprenderá lo numerosas que son!
  • Vete un rato con cada uno de tus hijos por separado. ¡Lo recordarán toda su vida!
  • Pide perdón a tus hijos siempre que sientas que lo has de hacer. Verán que eres humano.
  • No sermonees sobre el respeto, la honestidad, la generosidad, la humildad, el esfuerzo: sé honesto, humilde generoso, respetuoso y esforzado.
  • Saluda a tus hijos siempre, da los buenos días, tardes y noches. Si lo haces por educación con un tercero, qué menos que dedicarlo a tu hijo
  • Comed padres e hijos juntos varias veces por semana. Que sea una costumbre inquebrantable.
  • Sé sincero contigo mismo y pregúntate si, a veces, el inaguantable eres tú (y tus hijos tienen que tolerarte… ¡y siempre lo hacen sin poner en entredicho la cara que tienes!)
  • La mayoría de las discusiones entre padres e hijos no es por los modales, la (des)obediencia, las malas contestaciones, es por las diferencias entre generaciones.
  • Si regañas a tu hijo, hazlo sonriendo. No significa que te estés riendo de la situación, sólo le pones un gesto amable a una situación difícil para él.
  • Si quieres que tu hijo se comunique sobre sus cuestiones más íntimas, ponte de su lado y dile, lo primero, “no sabes lo mucho que te entiendo” (tendrás todas las puertas abiertas a su corazón).
  • Cuando hayas discutido con tu hijo, reflexiona sobre el tono, la fiereza, las palabras utilizadas, ¿ha merecido la pena?.
  • Regálales tu tiempo, no les compres cosas. Su frase preferida (que van perdiendo conforme se hacen mayores) es “juega conmigo”. ¡Haz que te repitan esa frase aunque se vuelvan adolescentes!
  • Explícales repetidamente que regañarles no es por lo que “son”, sino porque hay actuaciones suyas que necesitan pulirse y mejorarse, que les sigues queriendo infinito. A veces no les queda tan claro y necesitan tener la seguridad de que se les quiere como son y en todo caso (independientemente de la filípica).
  • Cuando no quieran hablar contigo y estén realmente ofuscados, dales espacio, acepta, no indagues (no es el momento). Escríbeles unas líneas diciendo que les quieres aún más cuando no te quieren ni ver.
  • Medita con tus hijos. Elabora momentos de quietud con ellos. Acompáñales en el proceso dirigiendo su sentir a lo bueno que son y tienen dentro.
  • Enséñales que la felicidad está dentro de ellos. Pues cada uno es felicidad, el mundo y sus circunstancias simplemente le añaden toppings.
  • Cada vez que hables mal a tu hijo recapacita y siente cómo te sentirías tú si alguien te hablara así. Si la respuesta no te convence, cambia tu tono y discurso. No te recrimines, pero proponte no reincidir.
  • Ten siempre presente que quieres a tus hijos por encima de todo. Regálales tu mejor versión.
  • El hogar familiar es sagrado. Respeta sus cimientos, las vivencias nacidas en él y las personas que lo llenan.
  • ¿Se te da bien bailar? Compártelo y baila con ellos, pon música a todo volumen y canta. La casa se inundará de buen rollo y energía positiva.
  • ¡tu hijo ha cometido un error!. siéntete feliz: es la única manera de aprender.
  • Los pequeños fracasos, decepciones, sinsabores y frustraciones son necesarios para los hijos, les ayudan a vivir experiencias que, de mayores, sabrán gestionar.
  • No intentes ser perfecto. Ni tener siempre la respuesta. Los hijos se sentirán acompañados por una montaña que, siendo alta y firme, también tiene mucho que aprender.
  • La paternidad concibe subidas y bajadas, no es línea recta, tampoco clara, y no es fácil. Pero el fruto que otorga es exclusivo y el único por el que estarías dispuesto a morir.
  • No midas a tu hijo por las notas, sino por su esfuerzo. Él respirará confortado y tú…. ¡descubrirás que normalmente irán aparejados!
  • No te equivoques: los hijos quieren portarse bien y hacer lo que a sus papás les complace y gusta. ¡Lo que ocurre es que son niños y hay que enseñarles las reglas del juego de la vida!
  • Transforma las situaciones negativas o duras que viva tu hijo en retos. Demuéstrale cómo ha sido capaz de superarlos. Estará triste, sí, pero saldrá reforzado.
  • Acepta a tu hijo como es y consigue, con todas tus fuerzas, que él así lo entienda y sienta. Habrá nacido una persona con una autoestima grandiosa y un amor al prójimo (y a su familia) contra todo pronóstico
  • y……  
Diles todos los días que les quieres, aunque parezca repetitivo es un mantra que les da la vida. 

jueves, 5 de enero de 2017

Ser niño hoy es cosa de adultos





Tenía que decidirse entre una cosa a la que se había acostumbrado y una cosa que le gustaría tener” (El Alquimista. Paulo Coelho)

Fue un artículo que leí hace tiempo. Básicamente dice que en España nuestros jóvenes representan lo contrario que sus padres. Éstos últimos fueron niños de la posguerra y se vieron abocados a una juventud muy breve ya que las circunstancias les exigían crecer deprisa y pasar a la edad adulta antes de tiempo. Al revés que los adolescentes de hoy en día: se hacen adultos e independizan mucho más tarde, lo que no es neutral, les genera más frustración, sentimiento de (además del problema social aparejado).

Las generaciones de jóvenes actuales son inteligentes, tienen un nivel de educación muy por encima de los progenitores en muchos casos, así como una vida razonablemente cómoda en la mayoría de los casos, pero hay un halo de desgana que no cesa en ellos, una inactividad cultural mayúscula, lo que genera apatía, desorden, baja tolerancia a la frustración y poca eficiencia en la resolución de conflictos (nunca se han visto en situaciones reales con las que enfrentarse y crear una solución de salida válida). Una vida fácil en casa y una transición a la vida adulta retardada predispone a estos jóvenes a una incapacidad de ser responsables y autónomos. Hablo en términos generales y por tanto, excluyo a todos aquellos de nuestros jóvenes de altas capacidades personales, intelectuales y sociales que quedan eximidos de este discurso.

Sin perjuicio de que las condiciones socioculturales y económicas de cada país influyen en estos datos, parece que , en concreto, la familia española es excesivamente paternalista y educa a los hijos en un mundo en el que se evaden los problemas y no exige mucho a quienes deberían ya haberse independizado. Fomentamos un sistema “pasivo”, tanto desde casa como desde el método educativo tradicional. No se enseña a tomar decisiones (se enseña a obedecer), ni se educa la inteligencia ejecutiva (el talento) en los adolescentes. Y cómo lo hagamos es determinante para la correcta madurez de nuestros vástagos.

Primero, en el compromiso: si no se valora y estimula desde el hogar la natural emancipación, estarán a la “sopa boba” en casa pues no sienten que tienen nada que luchar. Hasta que salen del nido deben y tienen que apoyar, colaborar, ayudar a sostener el grupo, es decir, exigirles formas de compromiso en tanto en cuanto permanezcan con nosotros, porque son de absoluta importancia para su futuro social y personal, junto con su capacidad de discriminación, correcto dilucidar y estar centrados consigo mismos.

Segundo, eduquémosles determinadas competencias necesarias para completar una maduración adecuada en relación con su entorno exterior. Y hay que fomentarlas en el entorno familiar (que no es sino el tablero de juego en el que ellos experimentarán sus relaciones personales en un ambiente de amor y tolerancia). Éstas son: la capacidad de análisis (hablamos de observación, introspección, comparación y evaluación del entorno), empatía, ilusión (amar la vida apasionadamente), recursos personales (sentido crítico para elegir rectamente con quien se rodean y extraer conclusiones). Elegir, como hemos visto, es tomar decisiones en valores (universales).

No debemos permitir que les inunde la desafección por el mundo que les rodea porque la apatía mata el espíritu innovador y decidido, bloquea, no moviliza las pasiones, ni empuja a la acción. Responsabilizarles, capacitarles, apasionarles es una tarea que nos corresponde a nosotros para evitar una obsolescencia programada en nuestros hijos y jóvenes.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

La erótica de los títulos universitarios y el cargo.




 

“Así que, ya ven, eran capaces de aprobar los exámenes y “aprender” todo aquello, y no saber nada en absoluto, excepto lo que se habían aprendido de memoria” (Richard P. Feynman, Surely you’re joking, Mr. Feynman. Adventures of a curious character)
Estamos obsesionados con acceder a la Universidad. Provocamos esa misma compulsión en nuestros hijos quienes, pacientemente y sin mucho –o ningún- sentido crítico, ni siquiera opinión o parecer, respaldan con fe ciega e incuestionada nuestras pautas. Desde que se construyeron, por otros motivos loables (todos los recordamos, así como también el momento que España vivía), no han dejado de, también, construir una concepción errónea de los niveles superiores de la educación, de su significado, sentido último y características, así como de los requisitos necesarios en quienes los cursan. Porque sí, la educación, como derecho prioritario que es, pero, asimismo, como bien que se debe dejar en herencia a nuestros hijos, ha de ser universal, sin duda. Nadie bien pensante creo que puede cuestionarlo, pues gobiernos, empresas, PIB, continentes, se habrán de nutrir de generaciones preparadas. Son el inestimable capital intangible que engranará la sociedad y riqueza futura de cada país, de nuestro país. Sin embargo, esa preparación a la que me refería debe ser conscientemente construida, con discernimiento sensato. De nada vale, entonces, que tantos y tantos estudiantes deseen (por la insistente, ofuscada predisposición a la que han sido expuestos, a la que mencionaba al principio) acceder a una carrera universitaria como exclusiva (y excluyente) solución a sus males y futuro profesional. No todos los pupilos (y esto sucede a padres que nos empeñamos en el mejoramiento de las condiciones de vida de nuestros vástagos como si fuera el regalo que necesitan) pueden promocionar a la universidad por una sencilla razón: puede que no estén preparados intelectualmente. Y no digo en el sentido cultural, sino en cuanto a sus habilidades cognitivas (coeficiente intelectual). Con franqueza, no todos valemos para acceder a unos estudios que requieren dosis de capacidad más alta que en estudios de secundaria y bachiller. No todos son aptos para afrontar la exigencia y excelencia que se presume a los estudios de grado superior.

Y esto, que parece una perogrullada, me parece que no nos lo aplicamos a nuestros casos, al menos en España. Nos sigue enloqueciendo la erótica del título, de la licenciatura, a toda costa, y nuestros hijos son los principales afectados porque sufren. Es curioso que mantengamos esta convicción, cuando paradójicamente el mundo más desarrollado nos notifica diariamente lo contrario. Estamos hartos, convendréis conmigo, de leer noticias sobre el cambio de tendencia. Rectores de las universidades más potentes (normalmente EEUU/UK) reclaman un nuevo paradigma de estudiante. Y empresas de las más potentes (no en España, salvo excepciones), muchas tecnológicas, cierto, ya solicitan perfiles radicalmente distintos a los que se venían demandando. Opiniones como que ya no son tan importantes los currículums, sino gente que resuelva problemas, que la universidad no enseña a pensar amanecen frecuentemente en prensa. Los estudios (y menos, los universitarios) ya no serán la panacea que asegure el porvenir de nuestros hijos y garantice su estabilidad económica, social y profesional. Hay un cambio de paradigma que más tiene que ver con las habilidades emocionales, de crítica y resolución creativa de conflictos, argumentación y negociación, que con los conocimientos estrictamente técnicos.

¿Por qué, entonces, nos obcecamos en que la única salida es la que “contiene” una carrera universitaria?. Ni siquiera su (eventual) consecución exitosa nos promete nada. Con tal obstinación, precisamente se consigue lo opuesto. Generación tras generación nos encontramos con estudiantes desanimados, que renquean a lo largo de (eternos) años académicos, suspendiendo asiduamente, hasta que finalmente se les otorga el ansiado título, que no es indicativo de ningún saber. Y piensan que el mundo es el que está en contra suyo. No son ellos el problema –piensan-, sino los demás, el sistema, la extrema y delirante exigencia de los programas lectivos, del profesorado que examina el conocimiento académico exagerado, de la amplitud de las asignaturas inabarcables. Invariablemente salen a la calle las mareas, los tsunamis, los grupos de presión, pidiendo que el nivel educativo sea más benevolente y así poder sobrellevar la opción de carrera elegida. El mundo al revés.

Nos tropezamos con jóvenes que hipotecan “sangre, sudor esfuerzo (quizá éste no tanto) y lágrimas” para la consecución de un fin sin éxito asegurado. Se transportan por pasillos interminables de facultades impersonales remolcando su deteriorada autoestima, lo que queda de ella. Todavía la sangre y el sudor tienen soluciones asépticas y un paño o esparadrapo pueden curar heridas abiertas. Del esfuerzo, ni hablamos, porque –si bien se presupone en estos escenarios, no tiene por qué darse forzosamente. De hecho, me temo que no se aplica porque ¿quién es el aguerrido que, teniendo cursos suspensos y años por delante, va a esmerarse por luchar? AL final, el título se obtiene, pese a la década que hayan dilapidado. Tirar tiempo a la basura, sí, dejarse el pellejo… ¡hombre, no exageremos!.

Me preocupan las lágrimas, pues son de desaliento y humillación. Sentimientos complicados de transformar. Porque es una realidad verles lánguidos, ausentes ocasionalmente, abatidos por las perspectivas inciertas y desafíos profesionales que, lejos de retarles, les desaniman y hunden. ¿Eran suyas las expectativas o las nuestras?

Desde luego, el problema no es de nuestros hijos, no. Es nuestro, como padres, de gobernantes, educadores y los mismos sistemas educativos mal enfocados. Porque no les adiestramos en valores como la dignidad del trabajo, de cualquier trabajo. Si les instruyéramos en que también ejerciendo otras labores que no impliquen estudios de alto grado se honra la persona, que no es más denigrante arreglar sistemas eléctricos, ser jefe de sistemas generales en empresas, o jefe de obras domiciliarias, o arreglar cerraduras, dar servicio en tiendas y puestos, les haríamos un gran favor. Si formáramos personas integrales, honestas, cultas y educadas, obtendríamos una sociedad más feliz, unos jóvenes (ontológicamente) dichosos, condición humana tan solicitada y más valiosa que llegar a ocupar el cargo de dirección general.

El informe Panorama de la Educación 2014 concluyó que el desempleo de los titulados españoles triplica la media de los países de la OCDE. Los motivos son, lógicamente, numerosos, entre ellos también el aumento de la brecha de jóvenes de entre 15 a 29 años que ni estudian ni trabajan. El correspondiente del año 2016 sigue afirmando que gran parte del alumnado que termina Secundaria en España tiene una orientación clara de acceder a la Terciaria, provocando que el porcentaje de adultos con niveles de Secundaria es la mitad que la media de la OCDE y que el 55% de la población adulta joven ha cursado bachiller (frente a, por poner un par de ejemplos: Noruega, con un 38,6% o Alemania, con un 12,1%). Si añadimos que los que estudian no lo hacen sino para financiarse una vida a la mayor brevedad posible y-por tanto- sirviendo al sistema productivo de occidente, pero sin un discernimiento lúcido acerca de sus motivaciones más íntimas y verdaderas, el gap no hará más que incrementarse.

Pero también pesa la erótica del poder, mando y nivel, nos hunde el afán de detentar un “jefe” que añadir a nuestra tarjeta de visita., asimilar que la felicidad sólo se obtiene si se ha arribado a un (supuesto) nivel jerárquico, en una empresa (supuestamente) potente o de referencia. Definamos antes qué entendemos por nivel, potente, de referencia, dado que son términos subjetivos, pues sólo dilatan el ego (¡qué malo es dejarle acampar!).

Mientras tanto, nos tropezamos con un segmento de población joven desanimada y deprimida y, a lo  peor, frustrada. ¡Pero si los hemos falseado!. Su proceso educativo ha sido un desastre –personalmente hablando- con un objetivo en muchos casos inalcanzable porque, repito, hay que estar entrenados para darlo todo y más en estos rasantes. Y, claro, esto desmotiva. A (más corto que largo) plazo tenemos muchachos con una baja autoestima, inmaduros e impedidos para llevar las riendas de su propio destino. ¡Pues claro!, si cuando era nuestro cometido responsabilizarles sobre su proyecto, sus deseos conscientes más vitales (que luego pueden ir de la mano con la instrucción que aspiran recibir), les hemos taponado y teledirigido al callejón del estudio de grado superior, opción irrefutable, cuando lo que matamos fue su capacidad de autocrítica, de cuestionar, su búsqueda personal y profesional, en definitiva, de soñar.

Ya no creerán que pintando, escribiendo, gestionando equipos, arreglando un mueble destartalado o constituyendo una fundación que ayude a tanta gente necesitada también nos realizamos. Y, además, de manera muy valiosa. Ya no confían en que también así serán dichosos, aportando un valor inestimable a nuestra sociedad dormida. Siendo tan conscientes de sí mismos podrían alentar a otros a imitar tal camino. Y, si esa formación ha de ser Secundaria de Grado Superior, Terciaria de ciclo corto, de grado o máster o doctorado, pues “amén”, pero lúcida y responsablemente adoptada por ellos.

Más nos vale que formemos a nuestros hijos en desarrollar sus capacidades de autopercepción, en el descubrimiento de lo que honradamente anhelan y de lo que son capaces, pues serán felices y en definitiva, libres.