A punto finalizar (el 28 de mayo próximo) la
exposición, con ocho salas que abarcan el estado del arte desde el Renacimiento
italiano y alemán hasta el modernismo y primeras vanguardias de del siglo XX.
Obras traídas del Museo de Bellas Artes (temporalmente cerrado por
reformas) y la Galería Nacional de Hungría.
Primera y Segunda Salas: dedicadas al
Renacimiento alemán, italiano flamenca. Con una de las tablas más valiosas de
la exposición, “Salomé con la cabeza de San Juan Bautista“ (Lucas Cranach), rememorando (según se
explica) la mujer como icono de poder y sensualidad. Motivos, el de la mujer,
que irán apareciendo en el recorrido de la exposición (penúltima sala),
dándonos a conocer distintas facetas de las lecturas y plasmaciones artísticas
del ese poder femenino a lo largo de los tiempos. Hay una tablita combada de belleza sublime,
“Virgen con el Niño y San Juanito”, de delicada composición triangular, muy
armónica en cuanto a la configuración de los personajes moviéndose con toda
naturalidad.
Se pasa después por el Barroco holandés, español
(con obras de Murillo, Velázquez y Zurbarán, entre otras ) e italiano. Pinturas
narrativas que reflejan las características de esta época: alegórica,
mitológica, motivos bíblicos. Un buen ejemplo es en el “San Juan Evangelista”
de A. Van Dyck. También cuelgan 3 Goyas en la sala dedicada al XII español. Es
interesante la similitud entre el “Retrato de Manuela Camas y de las Heras”
(mujer de Ceán Bermúdez, de cuya vida nos pudimos enterar gracias a la
Biblioteca Nacional el año pasado) con la “Duquesa de Chinchón”. Frente al
desamparo de esta última, la fortaleza que desprende la primera. La monumentalidad de “Betsabé en el baño” no
nos deja indiferentes, como tampoco la suntuosidad de la obra casi cortesana.
Cuelga un Belloto, curioso por los reflejos estáticos de los edificios del
canal en el agua, que son exactamente simétricos a los edificios reales que
reflecta. Muy bello es el “Ecce Homo” de Mateo Cerezoque reposa en la pared,
sin dolor, pensativo, cansado simplemente, nada le duele, nada le espanta, su
cuerpo reluce y brilla, su cara no.
El penúltimo espacio está dedicado a la Nueva
Imagen de la mujer. La mujer es protagonista de esta parada, concebida con
distintas perspectivas, inmersa en el sueño de una noche de verano shakesperiano,
entre centauros de Böcklin o con ejemplos como “Mujer con abanico” (Manet)
sorprenden por si gigantismo. Una mano desproporcionada resalta en el conjunto
blanco de la imagen. Una cabeza, en cambio, diminuta se atisba. La emotiva “Verónica”
(vera icona) de un inconfundible
Kokoschka nos cuenta el sufrimiento de las madres que despidieron a sus hijos a
la guerra y que nunca verán volver, una Verónica que se hunde en el velo. También
digna la intrigante “Primavera” de una femme fatale que esconde algo y provoca con
mirada amenazadora y una medio sonrisa peligrosa, así es como nos la quieren
explicar.
Última Sala: Un “Paisaje de invierno con
cerca” (Sándor Ziffer) con claras reminiscencias fauvistas llama la atención
por su colorido. También un escorzo brutal en su composición (. Por su parte,
la nueva interpretación de la pareja de “La nueva Eva” y “El nuevo Adán”
(Sándor Burtnyk) nos transportan amablemente al estilismo Bauhaus. El forzado escorzo,
contorsionado, del “Desnudo femenino” (Dezso Orban) atrae desde que se entra en
la sala. Trazos cortos y definición de contornos en negro a modo de dibujo dan
mayor fuerza al cuerpo, cuya postura es de muelle, encuadrándolo, como
queriéndolo señalar, atisba los inicios de un tímido cubismo). Se entremezclan
estos cuadros con los deliciosos y serenos “Ciruelos en flor” (Manet), o la
contundente factura de Cézanne en un budegón, que comparte pared con “Los
cerdos negros” de Gauguin. Muy modernista es el gran formato “Riachuelo II”
(Karoly Ferenczy), de rosas pálidos y sosegado murmullo del agua que llega
desde la esquina izquierda perdiéndose en lontananza. La pareja de “El nuevo
Adán” y la “Nueva Eva” nos muestran las posibilidades de las líneas Bauhaus (su
autor: profesor en ella). Planos dispuestos de tal manera que construyen una
arquitectura. En el medio, el icono del Adán moderno: un puro autómata subido a
una caja de manivela que se deja dar cuerda.
La conmemoración del 25 aniversario de la fundación
del museo se celebra con una muestra ambiciosa por la cantidad de épocas que
quiere abarcar, con obras muy importantes. Siendo la intención, desde luego,
didáctica quizás camina demasiado deprisa, pudiendo llegar a emborrachar al
visitante con tanta y tan diversa cantidad de obras que abarcan muchos siglos
de nuestra existencia.